Por: Enrique Berrueta Álvarez y José Antonio Alcázar

Uno de los objetivos esenciales de la escuela ha de ser preparar para una convivencia social que es mixta.

Los defensores de la coeducación señalan que es preciso subrayar más la dimensión psicoafectiva que la dimensión intelectual del desarrollo de la persona: la atención preeminente a la afectividad y la interacción social, a costa de una menor atención al desarrollo de la inteligencia teórica y práctica, es una de las señas de identidad de la ideología coeducativa.

El rendimiento académico se valora menos que la adquisición de habilidades sociales. Parece, además, que la dinámica del comportamiento afectivo adolescente refuerza la tesis de que habría que dejar en un segundo plano lo cognitivo. En efecto, durante la pubertad se va forjando poco a poco la identidad sexual, y ahí los escolares se comportan exagerando los rasgos propios de su sexo por su propia inmadurez e inseguridad. Pocos hombres tendrán la generosidad, o pocas mujeres el atrevimiento, de desafiar sus propios complejos y exponerse a lo que consideran subjetivamente un desastre: no ser aceptados por su mismo grupo sexual de pares.

El debate sobre la coeducación conecta con la pregunta sobre la finalidad última de la educación y de la escuela: ¿el objetivo prioritario es la socialización o la personalización? ¿Se ha de ayudar al crecimiento de cada persona individual, o bien procurar que todos asuman los parámetros sociológicamente dominantes de pensamiento y acción? Parece que la ideología coeducativa exagera la importancia del criterio sociologista al relegar a un segundo término el proceso de maduración de cada persona, para acentuar la importancia de la escuela para trasladar a las nuevas generaciones los modos de conducta generalmente aceptados.

La idea de una “educación personalizada” propicia un enfoque de la tarea educativa que atiende más a las características diferenciales del crecimiento, que no pueden ni deben ser obviadas desde la antropología pedagógica. Alumnos y alumnas han de tener un mismo curriculum, una misma preparación que favorezca la igualdad de oportunidades. Pero la equidad exige un tratamiento educativo idéntico en algunos aspectos y diverso en otros, porque igualdad no es uniformidad. Ignorar las asimetrías no es una buena manera de concebir la justicia. Eso es lo propio de los planteamientos totalitarios. Hay que pensar más a fondo cómo es posible considerar discriminatorio -en el sentido de injusto- el respeto a la persona individual y a sus diferencias individuales, es decir, a todas y cada una de las personas.